GABRIEL A.A. Y SU EXTRAÑA DESAPARICIÓN.
Aquel invierno fue notablemente curioso. No podría decirse que fuese un año de invierno especialmente frío pero tampoco de temperaturas precisamente agradables. Los días eran grises y oscuros a pesar de que las nubes no cubrían el cielo y el tiempo cambiaba caprichosamente. Todo se hacía pesado y transcurría con lentitud, pareciendo que nunca llegaría el final de la estación. La ciudad se acostumbró a la quietud y no sucedió nada de interés en aquellos meses. La anodina rutina se apoderó de la vida y sólo las luces de los edificios anunciaban una vida latente.

En mi caso, persona aburrida y de poco interés, rápidamente me amoldé a ese tiempo. Mi vida se convirtió en un ir del hospital a casa, de los libros al plato, de la cama al despertar y vuelta a empezar.
Sin embargo, mi malestar iba creciendo según pasaban los días y las semanas y no tenía noticias de mi buen amigo Gabriel A.A. Parecía como si el gélido viento invernal lo hubiese borrado de la tierra. Ni una noticia de él. Iba al café donde hablábamos, y fumaba mi vieja pipa… durante horas, casi hasta la intoxicación, con la tonta esperanza de que el olor familiar pudiera atraerle hacia mí. Esperando que él llegase y que unas pocas palabras suyas alejasen la oscuridad y la pesadez de aquel invierno. Nadie sabía que había ocurrido con él, muchos ni siquiera recordaban a mi amigo. Poco a poco me fui rindiendo, dejé de frecuentar el café y a pipa se quedó guardada en un cajón.

El invierno pasó a regañadientes, lento y silencioso, dando paso a una gris primavera, llena de torrenciales lluvias, que nos alejaban de las calles y que nos mantuvieron apartados unos de otros.
Recuerdo que aquel era el último año de mi carrera, que viví con la típica ansiedad previa a la feroz disputa del puesto de trabajo. Sin embargo algún tipo de fortuna siniestra siempre me acompañaba. Mis tímidos silencios eran interpretados como signo ineludible de seriedad y confidencialidad y mis continuas dudas y necesidad de confirmación como exhaustiva minuciosidad, todas ellas características necesarias de un médico. Y mi expediente, aunque no extraordinariamente brillante fue lo suficientemente aceptable como para que al final de aquella tormentosa primavera me esperase una carta de recomendación y una oferta razonable.

Efectivamente, la primavera acabó aún más oscura tras unos breves y engañosos días de calma preestival. Fue la tarde del día previo a mi entrevista de trabajo en el centro de salud. De repente, los negros nubarrones oscurecieron el cielo del atardecer y el silencio se fue apoderando del ambiente. La amenazante condensación fue llegando a la ciudad mientras la noche acaecía y tan sólo leves zumbidos eléctricos osaban interrumpir la quietud atmosférica. Yo decidí meterme pronto en la cama con mi analgésico efervescente habitual, acostumbrado como estaba a las jaquecas en aquellos días tensos y pesados, pero cuando dirigía mis pasos en la oscuridad de mi habitación, la ventana abierta y una familiar sombra me sobresaltaron e hicieron tirar mi vaso al suelo con la llegada de los primeros truenos. Su voz dijo:
- Oye, Watson…
DEDICADO A LOS HOMBRES DE TRAJE GRIS…