Crujelocuras

Desbarres. Locuras, citas y otras ocurrencias de Thor Crujehuesos
Sun Jan 31

Invierno. Vivaldi


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Comenzamos este 2010 con un nuevo relato un poco interlúdico de nuestro Gabriel. Para acompañarlo a él y a nosotros en este frío invierno, os he incluído el Invierno de Vivaldi para que si os apetece lo podáis escuchar mientras leeis el relato.

GABRIEL A.A. Y SU EXTRAÑA DESAPARICIÓN.

Aquel invierno fue notablemente curioso.  No podría decirse que fuese un año de invierno especialmente frío pero tampoco de temperaturas precisamente agradables. Los días eran grises y oscuros a pesar de que las nubes no cubrían el cielo y el tiempo cambiaba caprichosamente. Todo se hacía pesado y transcurría con lentitud, pareciendo que nunca llegaría el final de la estación. La ciudad se acostumbró a la quietud y no sucedió nada de interés en aquellos meses. La anodina rutina se apoderó de la vida y sólo las luces de los edificios anunciaban una vida latente.

En mi caso, persona aburrida y de poco interés, rápidamente me amoldé a ese tiempo. Mi vida se convirtió en un ir del hospital a casa, de los libros al plato, de la cama al despertar y vuelta a empezar.

Sin embargo, mi malestar iba creciendo según pasaban los días y las semanas y no tenía noticias de mi buen amigo Gabriel A.A. Parecía como si el gélido viento invernal lo hubiese borrado de la tierra. Ni una noticia de él. Iba al café donde hablábamos, y fumaba mi vieja pipa… durante horas, casi hasta la intoxicación, con la tonta esperanza de que el olor familiar pudiera atraerle hacia mí. Esperando que él llegase y que unas pocas palabras suyas alejasen la oscuridad y la pesadez de aquel invierno. Nadie sabía que había ocurrido con él, muchos ni siquiera recordaban a mi amigo.  Poco a poco me fui rindiendo, dejé de frecuentar el café y a pipa se quedó guardada en un cajón.

El invierno pasó a regañadientes, lento y silencioso, dando paso a una gris primavera, llena de torrenciales lluvias, que nos alejaban de las calles y que nos mantuvieron apartados unos de otros.

Recuerdo que aquel era el último año de mi carrera, que viví con la típica ansiedad previa a la feroz disputa del puesto de trabajo. Sin embargo algún tipo de fortuna siniestra siempre me acompañaba. Mis tímidos silencios eran interpretados como signo ineludible de seriedad y confidencialidad y mis continuas dudas y necesidad de confirmación como exhaustiva minuciosidad, todas ellas características necesarias de un médico. Y mi expediente, aunque no extraordinariamente brillante fue lo suficientemente aceptable como para que al final de aquella tormentosa primavera me esperase una carta de recomendación y una oferta razonable.

Efectivamente, la primavera acabó aún más oscura tras unos breves y engañosos días de calma preestival. Fue la tarde del día previo a mi entrevista de trabajo en el centro de salud. De repente, los negros nubarrones oscurecieron el cielo del atardecer y el silencio se fue apoderando del ambiente. La amenazante condensación fue llegando a la ciudad mientras la noche acaecía y tan sólo leves zumbidos eléctricos osaban interrumpir la quietud atmosférica. Yo decidí meterme pronto en la cama con mi analgésico efervescente habitual, acostumbrado como estaba a las jaquecas en aquellos días tensos y pesados, pero cuando dirigía mis pasos en la oscuridad de mi habitación, la ventana abierta y una familiar sombra me sobresaltaron e hicieron tirar mi vaso al suelo con la llegada de los primeros truenos. Su voz dijo:

-          Oye, Watson…

DEDICADO A LOS HOMBRES DE TRAJE GRIS…

Mon Jul 14
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Nos salimos del todo del ciclo de Gabriel para descansar con un MACRO-relato esta vez.

Por fin me he atrevido a terminar de colgar el relato original del que salió este alter ego del que hago uso de forma despiadada, mi buen Thor Crujehuesos. Alguien dijo que era lo propio colgarlo aqui para no llevar a equívocos por el violento nombre que me atribuyo… a mi me da igual, pero como es honroso reconocer los inicios, de aquí saler Thor, de aquí salgo yo, este es nuestro origen. Este relato tiene ahora aproximadamente 10 años y al releerlo experimento ceirta emoción al reencontrarme nuevamente conmigo por partida triple, como autor, personaje y también como persona, ya qe se mezclan recuerdos verdaderos, con el porceso de creación, las nieblas del relato y la emoción, es algo realmente electrizante. Espero que a vosotros al menos os entretenga.

La música que os he seleccionado es el 4º movimiento de la 9ª sinfonía del nuevo mundo de Dvorak. Os recomiendo dejar pasar la movida introducción para comenzar a leer y así os acompañará en la lectura de forma bastante acompasada.

Si os gusta, comentad…

Isis y Téutates

He escrito muchas cosas en mi vida, tal vez demasiadas. Sin embargo, nunca he sido muy bueno con los nombres. No sé como lo hago pero, aunque estos sean reales, nunca me encajan con lo que escribo. Así que, si no les importa, como tantas otras veces, hurtaré nombres a los dioses que alguna vez pudieran existir.

Probablemente no será cierto, pero déjenme decirles que me llamo Thor Crujehuesos. Lo cierto es que no vivo en la etapa más álgida de mi vida, pero tampoco veo esto como razón suficiente para quedarme dormido en un café. Así me ocurrió no hace mucho. O quizás si lo haga porque, ya sean horas, días o años tengo por maldita la costumbre de decir “no hace mucho”… Divago de nuevo. Decía que había quedado, como suelo hacerlo, con mis amigos… bueno, más bien compañeros de siempre en cierto café un poco oscuro, bastante recogido, repleto de espejos (Narciso se llamaba el lugar) que siempre tenía una esquina libre para estos mi ruidos huesos y que, como no en esta historia, es muy melancólico.

Como siempre, según mis costumbres, llegué mucho antes que nadie para no ser molestado. Siguiendo EL RITUAL, le pedía  María (único nombre no ficticio de esta historia, de este cuento), la sonriente camarera del Narciso (puesto que hay otra no sonriente) una infusión de Té negro, a juego con mi alma.

Nadie lo cree, pero yo soy un ser muy pacífico. Aproveché el tiempo, según EL RITO, en dejar cargarse la infusión y observar, con sumo placer el humo que ascendía desde la metálica tetera hasta donde quisiera alcanzar mi imaginación…

No sé que tiene esta bebida, pero sobre todo si se mezcla con al cantidad adecuada de muérdago, tiene un no sé qué…

Bebí de la taza que acababa de llenar y paladeé el líquido amargo, Como siempre, un ligero escalofrío me recorrió de arriba abajo y me hizo de nuevo sentir vivo.

Sean cualesquiera las virtudes de estas hierbas y estuviera yo lo vivo que quisiese estar, ya iba siendo hora de que diga que, recostado en mi esquina, con mi mentón sobre mi longa barba, mi negra camisa y mi pecho me quedé dormido. No pudo ser mucho tiempo, así que no pude yo soñar. Si que pude recordar…

Isis Luzdeinvierno estaba conmigo. Las nubes y el viento realizaban sus juegos amorosos sobre nosotros, tumbados sobre la hierba. Las bicicletas estaban tiradas detrás. No había sido costos aquello, pero aún así me costaba respirar. Bastante empapados estábamos en sudor, pero dije:

- Nos vamos a mojar.

- No seas tonto- dijo Isis. Tenía un rostro extraño, una curiosa mezcla de rasgos singulares que me confundían tanto como me atraían, algo magnético. Podría decirse que era un rostro sofisticadamente infantil quizás…

Sinceramente le dije:

- Si que lo soy

Se me estaban haciendo dolorosos sus ojos azules clavados en mis pupilas negras, pera la tormenta que estalló me salvó de una muerte segura por petrificación. Me levanté como y CON un rayo y dije, acompañado del trueno:

- ¡Soy THORNTO!- me había quitado la camiseta y gritaba al cielo en una postura cómicamente heroica.

Isis reía. Lo pasábamos muy bien juntos. Yo no reía tanto.

El roce de una inconfundible mano en mi barba me despertó.

- ¡Mierda de tormenta!- mascullaban mis inconscientes labios. Me llevé las manos a lacara y tropecé con unas gafas que no me esperaba. El tacto de mi piel tenía algo extraño. A mi derecha, sibilina y ágil, se sentaba Isis, muy, demasiado, cerca de mí. ¿Qué era de aquel rostro, fresco y amargo, que me dijo “no seas tonto”? Frente a mí no había una muchacha, era una mujer de sabe Dios cuantos años. Nunca debí hacerlo, pero miré a uno de los espejos. En el me esperaba un anciano de pómulos prominentes, de barba y pelo largos, larguísimos y casi completamente blancos. Me esperaba un rostro de innumerables surcos. Mis ojos, aun negros estaban protegidos por aquellos pequeños cristales y su aspecto era hundido. En el espejo vi aparecer la siempre inquietante mirada de Isis.

- ¿De verdad somos nosotros?- le dije

- Supongo que sí, Thor-. Dijo ella. Y besó uno de aquellos prominentes pómulos.

Más de sesenta años después de aquella tormenta (no hace mucho, ¿verdad?) me estaba poniendo colorado. Sonreí.

Éramos buenos, los mejores amigos. Habíamos llegado ya todos y el té hacía rato que caminaba hacia mi vejiga. No terminaba de acostumbrarme. Allí estaban. Loki Malhéchor mostraba su dentadura entre risa y risa, contaba las mismas mentiras de siempre acerca de su vecindario. Baco Bienvive festejaba sus comentarios apoyado en su titánico estómago, mientras que Nubero Nublo miraba hacia un lugar indeterminado entre Isis y yo, con el ceño fruncido y tenso. La delgada Afrodita Sílfide y el enorme Hefestos Salamandro a ratos se besaban y a ratos se gritaban. Y Jana Gris, la dulce y despiadada Jana, sonriente y oscura. Al acecho, como siempre… Hera no dejaba de mirar el reloj y ya llevaba cuatro servilletas de papel descuartizadas, esclava, como siempre, del tiempo.

Isis y yo… sólo mirábamos, con una semisonrisa en el rostro. Todo seguía igual, como siempre. Como siempre, nuestras vidas se cruzaban. Y, entre palabras superficiales, poco a poco, sin intención alguna, nuestras alegrías y dolores quedaban sobre la mesa del café, nuestro amor, nuestros recuerdos cada día más defectuosos, y también nuestros rencores para con nosotros y también para con alguno que otro…

Y sin embargo, ya nada era lo mismo. Los dientes que Loki enseñaba le habían costado una buena suma de dinero y las toses suplían demasiado a menudo las risas. Sus mentiras no sólo eran las de siempre, ya no se molestaba en disfrazarlas un poco. Día tras día, vez tras vez, repetía lo mismo, palabra por palabra…

La tripa de Baco no tenía el aspecto saludable que solía y en lugar de la copa que siempre le había acompañado, tenía ante sí un café… DESCAFEINADO. El antaño rígido Nubero temblada ahora inconscientemente y no sé muy bien cuantas tormentas le quedaban por aguantar. La bella Afrodita se había apagado demasiadas primaveras atrás y el, para nosotros mítico Hefestos usaba bastón y casi no podía caminar sin ayuda. Y Jana. Todo el amor que podía generar, todo el odio que alguna vez se le pudo dirigir, en su decadencia se habían transformado en lástima y los labios por los que tiempo atrás cualquiera matase permanecían agrietados e inertes, sin un mal dardo que atacase ni al mismo Loki. A Hera le costaba sacar una servilleta y, por mucho que mirase el reloj, Manitú Breve no vendría de los 20 años que pasaran desde su infarto…

Y de repente tuve una extraña sensación. Me sentí olvidado o quizás más bien abandonado. Allí, entre nosotros faltaba algo. No era algo nuevo, si no que simplemente lo habíamos dejado irse mucho antes. Un escalofrío que nada tenía que ver con el té cruzó por mi nuca. Rápidamente me erguí y conté a aquella manada de viejos. “Siete y ocho, conmigo nueve y si estuviese, con Manitú diez”. .. estaba bien , pero…

- ¿Quién falta?-pregunté.

- Nadie, estamos todos- dijo alguien. Todos miraban furtivamente a Hera

- ¿No os dais cuenta? Quizás no lo vemos desde tiempos de la Universidad. ¡Vamos! ¿Es que nadie se acuerda de Téutates?

Todos aquellos ojos lechosos se dirigieron hacia mí. Y por encima de esos ojos, las cejas se curvaban interrogantes, como uno de esos mezquinos e insidiosos “¿qué?”, que nunca se pronuncian bien y de los que sólo se conserva la vocal, con un acento bobo, lleno de ignorancia y brutalidad, casi insultante.

Los rayos estaban a punto de irrumpir a través de los orificios que suelen confundirse con el color de mi iris, en dirección a todos ellos. Mi boca iba a llenarse  truenos que rasgasen cada senil tímpano cuando, en el último instante, en cada uno de los ojos que, apagados me observaban lució un destello de comprensión que invadiría toda su cara.

Cada uno de aquellos rostros, arrugados y gastados, se llenó de luz, incluso a Nubero pareció despejársele la frente. No hacía falta que dijesen nada, los recuerdos se percibían por cada poro de su piel…

¡Cuánta admiración! ¡Cuánto amor! ¡Cuánta tristeza! ¡Cuánto abandono! Sobre la mesa flotaban sus palabras. Fijándose uno bien, aún podían verse las tormentas que desataba nuestro Téutates.

Pululaban sobre aquella mesa su relampagueante cólera ante nuestra inactividad, mediocre, inconformista. También estaban las carcajadas que, muy de tarde en tarde, se le arrancaban con esfuerzos imposibles.

Cada una de nuestras vidas se hallaba enlazada a él. De algún modo, en la historia de la que éramos protagonistas, él era un capítulo indispensable, que se negaba a darse por terminado.

Despertó él el ánimo a Loki cuando le faltó su casi eterna sonrisa. También dicen que se llevó por un tiempo la oscuridad de la frente de Nubero para que le hiciese sombra a otro. Incluso consiguió reunir a Hefestos y Afrodita y más tarde, lo que fue más difícil, los mantuvo unidos. Despertó también la luz de Jana en más de una ocasión y consiguió que su parte oscura se quedase cada día en casa.

Mantuvo siempre a todos en su puño, pero sólo nos protegió. Todos y cada uno le debíamos algo, un poco de apoyo, un par de ideas, tres miradas, cinco palabras y su eterna amistad…Él era nuestros ojos… al menos nos hacía ver. Era el motor de nuestro estancado grupo.

Y ahora ¿qué? Quedábamos en la más decrepita  vejez (literal y metafórica), más gastados e inútiles que nunca, alejados de la mano de Téutates, abandonados a la deriva, en un océano de piélagos amargos y océanos muertos.

¿Cuándo se había ido? Era como se hubiese estado sentado a mi lado hacía dos miutos antes. No podía “hacer mucho tiempo”. Ya tampoco estaba Manitú, ya nadie nos alumbra. Creo recordar, de alguna manera, a Téutates y Hera abrazados en ese silencio que, para bien o para mal, lo otorga todo. Si embargo algo dentro de mí me dice que Téutates desapareció mucho antes…

Algo por el estilo pasaba por el resto de las seniles cabezas. Veía sonrisas y movimientos de manos, y labios siseantes, también alguna lágrima… pero todos recuerdos que, aunque se perdiesen, como era probable, en los siguientes dos minutos, eran lo más estable y valioso que teníamos.

Hubiese querido saber que pensaba Isis, tenía una extraña expresión, mezcla de tensión y tristeza, atravesándola la frente de un lado a otro.

Intentamos averiguar algo de él. Fue estúpido, sin recordar un apellido. Buscamos en los rincones de nuestras casas. Revisamos cientos de fotos. Siempre faltábamos dos. Yo era el fóbico fotógrafo y al parecer él siempre se negó a ser fotografiado. ¡Dios! Ni siquiera recordábamos como era. Bueno, algo oscuro…

Los que escribían diarios y ponían nombres a la gente (no es mi caso) encontraban su nombre en cada página. Aparecían de nuevo aquellos recuerdos, sin la distorsión del tiempo, pero con la de las palabras.

Preguntamos a la gente, a nuestros conocidos de siempre. Todos recordaban a Téutates… muy vagamente. Y todos habían querido saber de él. “¡Hace tanto tiempo!”, “¿Cuánto?” preguntábamos, “No sé, mucho”.

Y al cabo de quizás no mucho tiempo, con no pocos quebraderos de cabeza y alguna que otra lágrima vertida sobre el alma, nos dimos finalmente por vencidos.

Volvimos a nuestra gastada rutina. Sentamos nuestros huesos en las sillas de siempre, nos cegamos con las mismas prisas de siempre. Loki continuó con sus risas crónicas. Baco con su monumental relajación, Nubero con sus tormentos, Jana con su ambigüedad, Hera deshojando servilleteros, e Isis con su magnética mirada de toda la vida. Con respecto a mí, el té cada vez me sabía a menos y me parecía que tenía menos fuerza.

Y todo siguió igual hasta un día casual. La voz de Isis, al teléfono, supongo que al igual que la de todo el mundo, sonaba extraña, esta vez era especialmente extraña. Sus palabras lo fueron aún más:

- Encontré a Téutates. Ven a casa.- Y colgó.

Me recibió con sus ojos brillantes y sin el beso en mi mejilla que yo esperaba. Dijo:

- Mira.- Y me acercó un libro gastado y viejo, como yo, que también crujía al abrir la tapa. Decía así: “El cuento de la nieve, el pastizal eterno y la soledad. Una historia de Thor Cruejhuesos”.

- Sí, creo recordar que es mío. Lo escribí hace mucho y no creo que nadie, salvo tú, lo haya leído.

- Hojéalo.- De repente, recordé algo.

- Vaya, es cierto.- Dije sin abrirlo.- Aquí está Téutates. Es el nombre de un protagonista. Pero lo saqué de alguien, sin que terminase de encajar en el personaje, sabes que siempre me pasa.

Insistió: - ¡Hojéalo!

Lo hice. Y la segunda vez cayó al suelo una vieja fotografía, con la imagen hacia el suelo. En el revés decía: “ISIS Y TÉUTATES”. Debía ser en blanco y negro, bastante amarilla ahora. Allí estaban, tumbados en la hierba, tumbados en la hierba, empapados y sonrientes. Más atrás, las bicicletas tiradas y, por encima, la tormenta (que dice: “THORNNN… THORNNN”). Me quedé pálido, triste, quizás acongojado. Por un instante creí que nunca podría volver a hablar. Isis se abrazó a mí desde mi espalda, apartando mi cabello cariñosamente para poder ver la fotografía.

De nuevo, como aquel día delante del espejo, tenía nuestros rostros ante mí y, como aquel día le dije a Isis:

-         ¿De verdad somos nosotros?, ¿En qué nos hemos convertido?

-         No sé lo que soy yo.- Respondió. Se apretó más fuerte contra mis huesos.- Pero tú no eres ni más ni menos que lo que has hecho de ti mismo.

Y tuvo toda la razón del mundo.

Sun Jul 6
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Para este microrelato he escogido El Éxtasis de las Pulgas Bailarinas (“The Ecstasy of The Dancing Fleas”) de la sin par Penguin Cafe Orchestra. Me parece una música muy irónica y que le va muy al pelo a la historia. Si la música se acaba antes de acabéis de leer o sois muy lentos o es que os gustó demasiado la música de la Penguin y os atrapó, esto es normal. Disfrutadla…

La historia de cómo conocí a Gabriel A.A.

Como ya sabéis, soy el narrador no querido de Gabriel A.A. Este compendio de extraordinarios hechos acontecidos al hombre sin par que es Gabriel sólo ha sido posible ser transcrito aquí al ser vividos algunos en la impagable compañía de tan irrepetible personaje y otros en los escasos momentos de cercana confesión en que pudieron escaparse comentarios que dejaron entrever las historias que aquí hemos leído y aún hemos de leer. No me arrepiento ni me asusto de mi mismo cuando confieso que en alguna ocasión habré dejado que mi mano dejé correr mi pluma más deprisa de lo que mi memoria recordase los acontecimientos como fueron contados. No estoy seguro de cuanto hace eso tergiversar los hechos en el caso de Gabriel.

Así me transformo yo en un Watson no querido para el pobre Gabriel, acompañante de aventurero y hombre extraordinario, además de ser yo mísero y poco sobresaliente en mi mismo. Dos analogías más en el símil de Conan Doyle, mi relación con la medicina, disciplina que yo estudiaba, ya que fue en el famoso hospital donde conocí a Gabriel y le caí en cierta gracia y la segunda analogía es una pipa. O quizás deba rectificar, porque es la misma analogía. Quien le cayó en gracia fue Gabriel a mí y mi pipa a Gabriel. Yo lo noté en seguida. Y pobre de mí, que hasta entonces fumaba raramente, quizás dos veces al mes, comencé a fumar a diario, con la idea de atraer a aquel magnético personaje con mis humos olorosos.

Me conocía insulso en mi mismo, pero el simple ritual de sacar la pipa de su funda, el atacapipas, la picadura, rellenar la cazoleta, prensarlo, agujerearlo, encender, aspirar tapando con el pulgar, intentar otra vez… era poesía fascinante… y el olor penetrante, el humo, si Gabriel estaba cerca sabía que tendría tema de conversación un rato… Que tramposo fui. Nos hicimos amigos en poco tiempo, aunque yo soy más aburrido que un arenque en una clase de filosofía. Él me preguntaba sobre medicina y yo respondía lacónicamente Sí, No… le daba igual, mientras la pipa estuviese encendida.

Yo me sentía especial por esos momentos maravillosos, pero un día, fuera del hospital, pasó algo sorprendente. Me encontré a Gabriel en un centro comercial y no me vio, estaba caminando, como ido, iba absorto, parecía que seguía algo… Entonces me di cuenta. Iba detrás del barrendero del centro. Casualmente, el barrendero dichoso fumaba en pipa la misma picadura que yo, ¡maldita igualdad de clases! Enfurecido me fui a casa y tire a la basura todo el tabaco que tenía. No fumé durante varios días, lo cual me costó algún nerviosismo, insomnio y varios dolores de cabeza, con lo que descubrí que la adicción al tabaco es más real de lo que parece. Lo más interesante es que Gabriel no dejó de acudir a buscarme ni un solo día aunque la pipa no estuviese encendida y desde entonces yo me sentí más estúpido que nunca. Desde entonces intenté que mi conversación fuese un poco más variada y profunda y a los pocos días volví a encender la pipa, aunque le expliqué a Gabriel que pensaba evitar el peligroso filo de la adicción. Al poco tiempo decidí hacerle un regalo a Gabriel, una pipa, pero esta estaba contenida en una caja herméticamente sellada de cristal transparente, con una nota que decía “romper sólo en caso de emergencia”. Pero esa es otra historia.

Dedicado a los amantes de SIR ARTHUR CONAN DOYLE.

Sun Jun 29
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Para escuchar si queréis con la útima historia, es parte de la banda sonora del documental Koyaanisqatsi, del que os hablé hace tiempo aquí.

La historia de la marca de Gabriel A.A. O de como se comienzan y se detienen las tormentas con un paraguas.

Para aquellos que conocen al extraordinario Gabriel A.A. no ha podido pasar desapercibida una señal física característica suya. Gabriel tiene una pequeña marca en su rostro, junto a su ojo izquierdo, una especie de cruz o de antojo, pero también tiene forma de chispa o centella. Gabriel suele disimular cuando se le pregunta por ella y dice que es la señal de un antiguo punto que le dieron cuando era pequeño y que tuvo una caída. Pero la historia de esta marca esconde en realidad una especie de vergonzante rito de iniciación que Gabriel sufrió y sin el que él nunca sería el gran personaje en que más adelante se convertiría.

En realidad aún estaba Gabriel A.A. trabajando en el Hospital General cuando ocurrió el extraordinario suceso del que vais a ser distantes testigos. En aquella época, en especial cuando el día había sido particularmente ajetreado, Gabriel acostumbraba a dar largos paseos por la ciudad. Como ya había tenido una dosis suficiente de humanidad, muchas veces la idea de la lluvia en aquella ciudad del norte era algo que le atraía. Sólo había que evitar lugares en que competir por el escaso guarecimiento de las cornisas y por las extrañas prisas de la gente cuando el agua cae. El mayor peligro se daba si el salto generacional se triplicaba y se te ocurría aparecer sin tu propio paraguas, de modo que era probable que las ballestas de un paraguas de anciana apareciesen incrustadas en tu cráneo por la diferencia de altura y la competencia de espacio bajo los edificios en las aceras. Así, Gabriel acostumbraba a llevarse consigo en sus largos paseos un largo paraguas negro cerrado, más como arma defensiva que como protección de la lluvia.

Una tarde, habiendo salido a última hora, decidió cambiar su ruta y en lugar de seguir las callejuelas habituales fue tranquilamente hacia una plaza de una antigua iglesia cerrada hacía mucho ya por ruina. Las calles estaban muy tranquilas, los comercios ya estaban cerrados y aún no llovía, se notaba ese ambiente pesado que presagia el estallido de tormenta, con una humedad pegajosa y hasta las pisadas de Gabriel se escuchaban restallar de forma extraña según avanzaba. Poco antes de llegar a la plaza que conocía bien, redonda, un poco desnivelada, rodeada de viejos edificios, todos un poco ruinosos, miro al encapotado cielo y vio el presagio, un terrible resplandor y la primera gota de lluvia, que cayó en su frente. El trueno no tardó en dejarse oir. Pronto estaba lloviendo y una tormenta amenazaba inútilmente la ciudad. Como siempre, Gabriel respiró hondo, se dejó mojar y continuó estoicamente, era su purificación, si acaso, apurando un poco el paso. Llegaba a la plaza. Gabriel era una sombra encorvada tímida y mojada que arrastraba su paraguas negro y entraba en la plaza. Al paso de Gabriel, la Iglesia se queda a la izquierda y en lo alto ruge un trueno, relampaguean rayos… la plaza, que está vacía, es un óvalo, inclinado levemente desde donde está Gabriel hacía arriba y la derecha. El agua y el viento arrastra una rama contra la mínima pendiente. En el otro extremo de la plaza hubo una fuente, ahora hay una placa que lo indica. Pero la plaza ya no está vacía. Ha relampagueado la tormenta. Y en la plaza hay una figura encorvada, quieta y cubierta por un pequeño paraguas destartalado, una pequeña anciana. Era difícil de decir, pero a Gabriel le pareció vislumbrar un brillo distante en un ojo de la anciana. Gabriel meneó la cabeza y decidió avanzar y seguir su camino. Da un paso hacia delante. La anciana también da un paso hacia delante. Gabriel se detiene y ella también. Se miran. El da un paso lateral a la derecha y ella lo imita en espejo. Gabriel se detiene. De nuevo se miran y ve otra vez el destello, esta vez claramente en su ojo derecho, un frío sudor recorrió su espalda. Retrocedió unos pasos, pero la anciana avanzó rápidamente. Entre relámpagos, lluvia y viento, Gabriel y la anciana se fueron a encontrar en mitad de la plaza y los peores temores de Gabriel se vinieron a confirmar cuando esta elevó su raquítico brazo con una fuerza descomunal e intentó descargar el paraguas sobre la cabeza de Gabriel. Pero este, más joven y ágil pudo esquivarla a tiempo. Un segundo intento y esta vez tuvo que hacer uso de su propio paraguas. Otra vez. Intento de huida, es inútil, salto atlético y cerrado del paso. Y así se estableció una lucha bajo la lluvia y los relámpagos entre mandobles de paraguas y varillas dobladas. Poco a poco, Gabriel consigue acercarse a la salida de la plaza, donde parece que puede escapar. Piensa, Gabriel, piensa… Un mandoble más, quizás y decide que puede, una vez alcanzada la calle propinar un empujón y salir corriendo. No será muy digno, pero saldrá con vida… Y así lo hace, se acercan mucho al estrecho callejón junto a la iglesia gótica en uno de los muros más deteriorados, la anciana arremete cada vez más frenéticamente, parece que está anticipándose a lo que va a pasar. Gabriel decide que es el momento, rechaza una acometida, Empuja con fuerza y en ese momento es sorprendido por un relámpago que cae directamente sobre el campanario que precariamente está en pie en la iglesia. La chispa rebota parcialmente y los envuelve y en su eléctrica alarma, Gabriel no se percata de la última acometida de la anciana, que finalmente es capaz de alcanzar a Gabriel en el borde de su ojo izquierdo con la punta de su paraguas… Un dolor inimaginable… cae al suelo cubierto por sus brazos cerrando fuertemente los ojos… grita: ¡Para!…

Y cuando los abre, un instante después, sólo queda el dolor. La anciana ha desaparecido. La tormenta también. El aire está espeso, como si se negase a entrar en sus pulmones, la plaza húmeda, restos de la lluvia… y lo demás como si no hubiese pasado nada… Un mirada a un lado, a otro… ni rastro… solo el dolor… y su paraguas, ahora doblado y maltrecho, mudo testigo…

Gabriel se levantó recogió su pobre e inanimado compañero y corrió a casa como nunca hubiese corrido por las desiertas calles de la ciudad. Si no hubiese ido tan agitado, en algún bar, en alguna ventana podría haber vislumbrado alguna figura anormalmente congelada…

Una vez en casa descubriría su cicatriz, que siempre le acompañará, intentó tomarse una ducha, pero el agua no salía del grifo. Decidió que lo mejor sería echarse a dormir y que la vida siguiese. Poco sabía que ahí comenzó de nuevo la tormenta, el tiempo, la vida…

Dedicado a TODOS AQUELLOS QUE AÚN NO SON CONSCIENTES DE QUE GABRIEL SÓLO ES UN PERSONAJE. Tomen nota.

Sun Jun 8

Gabriel A.A. y la Maldición del Ascensor del Hospital General

Gabriel A. A., quizás ya lo habéis supuesto, es un hombre con grandes habilidades, incluso con algunos poderes que van más allá de lo puramente natural. Algunos de ellos son incluso desconocidos para el mismo Gabriel por la forma en la que se han desarrollado. Es conocido que las personas con dotes para la magia, la adivinación, el deporte, la ciencia u otras artes cualesquiera que transciendan lo mundano o bien se nace con ellas y son evidentes desde la cuna o surgen en la adolescencia con el abrupto florecer hormonal o son despertadas por un guía espiritual. El caso de Gabriel pertenece a un cuarto grupo también conocido, aunque menos. Es el de aquellos en que estos dones aparecen en caso de necesidad o mala leche. Así ocurrió con el desdichado hospital donde Gabriel fue a trabajar una temporada como becario en tiempos de estudiante. Su trabajo consistía fundamentalmente en trasladar papeles de un lado a otro y eso le llevó al profundo conocimiento de los movimientos migratorios y transhumancias de visitantes que se producían en un hospital de 11 plantas con cinco ascensores (sólo 4 de ellos funcionantes a la vez). El hecho más interesante siempre se producía en el intercambio de personas cuando unos abandonaban el ascensor y otros se introducían en él. Un complejo sistema de botones y señales lumínicas codificaban el acceso. Si deseas un ascensor para subir debes pulsar un botón con una flecha ascendente. Sin embargo, si el ascensor que abre sus puertas tiene una flecha luminosa ascendente es que sube.

Por el contrario para bajar, deberías pulsar un botón con una flecha en sentido descendente y aquellos ascensores cuyas flechas luminosas señalen el suelo es que tienen la intención de continuar hacia abajo. La gente, lejos de complicarse en tal liosa comunicación, acostumbraba a pulsar sendos botones a la vez, lo cual permitía que el doble de ascensores se detuviese en el doble de plantas. Del mismo modo, no fiándose de las señales luminosas, la consigna era aprovechar la puerta abierta para entrar. Ante la típica advertencia de “este ascensor sube” la respuesta esteriotipada es “no pasa nada, ya bajará”… era terriblemente cierto como para responder.

Esta práctica de enlentecimiento además de colapsar los ascensores y encrespar los nervios, Gabriel calculó que hacía perder unos 30 minutos de trabajo al día por persona, quizás podrían ser 200 pacientes al día para los médicos, 1000 a la semana, quizás más, terrorífico. Un día, él nunca lo supo, se enfadó tanto al subir un tropel de gente que claramente quería bajar cuando el ascensor subía, que algo extraño se encendió en él y una voz propia de un celador sindicalista sin paga extra dijo, “¡oigan, que este ascensor sube!” y como siempre alguien dijo “no pasa nada, ya bajará”. Gabriel, sin saber por qué respondió con una voz seca como un roble sin hojas y astillado: “pues quizás no baje…”. No pasó nada… o quizás sí, para alguien observador, quizás un parpadeo en las luces, un ligero temblor en las paredes, nada anormal en aquellos viejos ascensores…, y Gabriel se marchó en la siguiente planta. Desde aquel día, le pareció que los ascensores iban mejor y que la gente molestaba menos, como si parase en menos plantas, parecía que recuperaba el tiempo que antes perdía. Pobre Gabriel A. A., que nunca sabrá que acaba de nacer su capacidad de echar maldiciones atroces. De aquellos pobres que subieron en el ascensor y no bajaron antes de la planta 11 nada más se supo…

Pero Gabriel A.A. es muy poderoso y no sólo fueron aquellos. Aunque él no lo sepa y aunque dejase de trabajar allí unos pocos meses después, aún hoy siguen desapareciendo personas que pronuncian la frase maldita en el hospital y ascensores sin rumbo siguen ascendiendo tras la planta 11 en el espacio estratosférico, más allá del espacio, más alto, suben y suben, nunca bajan. Y se dice que muy por encima nuestro se ha llegado a formar un inhóspito planeta metálico formado de ascensores apiñados y poblado de incautos visitantes de hospital que nunca llegaron a su destino. Sobrevivieron a base de bombones, galletas y sándwiches y se entretienen con revistas del corazón y periódicos ya atrasados. Hoy en día forman ya su nueva sociedad extraterrestre, adelantándose a la anunciada colonia marciana de los Estados unidos. Pero posiblemente aún no hayan aprendido lo bastante en cuanto a normas sociales como para que cuando el que va en la liana que lleva al cuarto ascensor y dice “es que esta liana sube” ellos no sean capaces de no decir “da igual, ya bajará” y todo habrá dado lo mismo…

Dedicado a los CLAUSTROFÓBICOS

Sat May 10

Gabriel A.A., Jugador de Baloncesto.

A Gabriel A.A. no se le daba mal el deporte. Eso no quiere decir que se le diese bien. Nunca había sido lo bastante constante como para dedicarse un poco en serio a ninguna disciplina. El como entró en el club de baloncesto fue solo una de tantas casualidades de la vida de Gabriel. Sabiendo que el pabellón comunicaba con las oficinas del ayuntamiento y que el conserje tenía llaves, acudió por la tarde un día que dejó su maletín por la mañana en las oficinas. Cuando llegó, su sentido de la vergüenza le impidió comentar la verdadera razón y, dado que medía más de un metro ochenta y el equipo andaba escaso de pupilos, antes de darse cuenta estaba acudiendo tres días a la semana al club. Llegó a federarse y a participar en campeonatos regionales durante un par de años, siendo la época de la vida de Gabriel A.A. en que estuvo en mejor forma.

Así siguió hasta que llegó otro giro inesperado del azar. Un día, mientras recuperaba aliento en un calentamiento, se agachó, apoyándose en las rodillas, en ese momento su mirada se cruzó fortuitamente con un cuaderno abierto que había en el banco del gimnasio. En él había unas líneas escritas por su instructor respecto a cada miembro del equipo. Y vio su nombre. Gabriel A.A.: …de velocidad no está mal, pero de coordinación es un desastre, NO VALE PARA ESTO… A Gabriel esto no le importó, al fin y al cabo él ya sabía que no erá muy bueno y que no hacía aquello para ser fantástico, sólo por estar en forma y porque le gustaba. La temporada estaba a punto de terminar. Lo cierto es que aquel fue el último año que se fue jugador federado y el siguiente año, aquellos tres días por semana se convirtieron progresivamente en dos, luego en uno… y antes de acabar el año no volvió más… es horrible no tener tiempo para nada.

Dedicado a los que pagan el gimnasio y luego no van.