He escrito muchas cosas en mi vida, tal vez demasiadas. Sin embargo, nunca he sido muy bueno con los nombres. No sé como lo hago pero, aunque estos sean reales, nunca me encajan con lo que escribo. Así que, si no les importa, como tantas otras veces, hurtaré nombres a los dioses que alguna vez pudieran existir.
Probablemente no será cierto, pero déjenme decirles que me llamo Thor Crujehuesos. Lo cierto es que no vivo en la etapa más álgida de mi vida, pero tampoco veo esto como razón suficiente para quedarme dormido en un café. Así me ocurrió no hace mucho. O quizás si lo haga porque, ya sean horas, días o años tengo por maldita la costumbre de decir “no hace mucho”… Divago de nuevo. Decía que había quedado, como suelo hacerlo, con mis amigos… bueno, más bien compañeros de siempre en cierto café un poco oscuro, bastante recogido, repleto de espejos (Narciso se llamaba el lugar) que siempre tenía una esquina libre para estos mi ruidos huesos y que, como no en esta historia, es muy melancólico.
Como siempre, según mis costumbres, llegué mucho antes que nadie para no ser molestado. Siguiendo EL RITUAL, le pedía María (único nombre no ficticio de esta historia, de este cuento), la sonriente camarera del Narciso (puesto que hay otra no sonriente) una infusión de Té negro, a juego con mi alma.

Nadie lo cree, pero yo soy un ser muy pacífico. Aproveché el tiempo, según EL RITO, en dejar cargarse la infusión y observar, con sumo placer el humo que ascendía desde la metálica tetera hasta donde quisiera alcanzar mi imaginación…
No sé que tiene esta bebida, pero sobre todo si se mezcla con al cantidad adecuada de muérdago, tiene un no sé qué…
Bebí de la taza que acababa de llenar y paladeé el líquido amargo, Como siempre, un ligero escalofrío me recorrió de arriba abajo y me hizo de nuevo sentir vivo.

Sean cualesquiera las virtudes de estas hierbas y estuviera yo lo vivo que quisiese estar, ya iba siendo hora de que diga que, recostado en mi esquina, con mi mentón sobre mi longa barba, mi negra camisa y mi pecho me quedé dormido. No pudo ser mucho tiempo, así que no pude yo soñar. Si que pude recordar…
Isis Luzdeinvierno estaba conmigo. Las nubes y el viento realizaban sus juegos amorosos sobre nosotros, tumbados sobre la hierba. Las bicicletas estaban tiradas detrás. No había sido costos aquello, pero aún así me costaba respirar. Bastante empapados estábamos en sudor, pero dije:
- Nos vamos a mojar.
- No seas tonto- dijo Isis. Tenía un rostro extraño, una curiosa mezcla de rasgos singulares que me confundían tanto como me atraían, algo magnético. Podría decirse que era un rostro sofisticadamente infantil quizás…
Sinceramente le dije:
- Si que lo soy

Se me estaban haciendo dolorosos sus ojos azules clavados en mis pupilas negras, pera la tormenta que estalló me salvó de una muerte segura por petrificación. Me levanté como y CON un rayo y dije, acompañado del trueno:
- ¡Soy THORNTO!- me había quitado la camiseta y gritaba al cielo en una postura cómicamente heroica.
Isis reía. Lo pasábamos muy bien juntos. Yo no reía tanto.
El roce de una inconfundible mano en mi barba me despertó.
- ¡Mierda de tormenta!- mascullaban mis inconscientes labios. Me llevé las manos a lacara y tropecé con unas gafas que no me esperaba. El tacto de mi piel tenía algo extraño. A mi derecha, sibilina y ágil, se sentaba Isis, muy, demasiado, cerca de mí. ¿Qué era de aquel rostro, fresco y amargo, que me dijo “no seas tonto”? Frente a mí no había una muchacha, era una mujer de sabe Dios cuantos años. Nunca debí hacerlo, pero miré a uno de los espejos. En el me esperaba un anciano de pómulos prominentes, de barba y pelo largos, larguísimos y casi completamente blancos. Me esperaba un rostro de innumerables surcos. Mis ojos, aun negros estaban protegidos por aquellos pequeños cristales y su aspecto era hundido. En el espejo vi aparecer la siempre inquietante mirada de Isis.
- ¿De verdad somos nosotros?- le dije
- Supongo que sí, Thor-. Dijo ella. Y besó uno de aquellos prominentes pómulos.
Más de sesenta años después de aquella tormenta (no hace mucho, ¿verdad?) me estaba poniendo colorado. Sonreí.
Éramos buenos, los mejores amigos. Habíamos llegado ya todos y el té hacía rato que caminaba hacia mi vejiga. No terminaba de acostumbrarme. Allí estaban. Loki Malhéchor mostraba su dentadura entre risa y risa, contaba las mismas mentiras de siempre acerca de su vecindario. Baco Bienvive festejaba sus comentarios apoyado en su titánico estómago, mientras que Nubero Nublo miraba hacia un lugar indeterminado entre Isis y yo, con el ceño fruncido y tenso. La delgada Afrodita Sílfide y el enorme Hefestos Salamandro a ratos se besaban y a ratos se gritaban. Y Jana Gris, la dulce y despiadada Jana, sonriente y oscura. Al acecho, como siempre… Hera no dejaba de mirar el reloj y ya llevaba cuatro servilletas de papel descuartizadas, esclava, como siempre, del tiempo.
Isis y yo… sólo mirábamos, con una semisonrisa en el rostro. Todo seguía igual, como siempre. Como siempre, nuestras vidas se cruzaban. Y, entre palabras superficiales, poco a poco, sin intención alguna, nuestras alegrías y dolores quedaban sobre la mesa del café, nuestro amor, nuestros recuerdos cada día más defectuosos, y también nuestros rencores para con nosotros y también para con alguno que otro…
Y sin embargo, ya nada era lo mismo. Los dientes que Loki enseñaba le habían costado una buena suma de dinero y las toses suplían demasiado a menudo las risas. Sus mentiras no sólo eran las de siempre, ya no se molestaba en disfrazarlas un poco. Día tras día, vez tras vez, repetía lo mismo, palabra por palabra…
La tripa de Baco no tenía el aspecto saludable que solía y en lugar de la copa que siempre le había acompañado, tenía ante sí un café… DESCAFEINADO. El antaño rígido Nubero temblada ahora inconscientemente y no sé muy bien cuantas tormentas le quedaban por aguantar. La bella Afrodita se había apagado demasiadas primaveras atrás y el, para nosotros mítico Hefestos usaba bastón y casi no podía caminar sin ayuda. Y Jana. Todo el amor que podía generar, todo el odio que alguna vez se le pudo dirigir, en su decadencia se habían transformado en lástima y los labios por los que tiempo atrás cualquiera matase permanecían agrietados e inertes, sin un mal dardo que atacase ni al mismo Loki. A Hera le costaba sacar una servilleta y, por mucho que mirase el reloj, Manitú Breve no vendría de los 20 años que pasaran desde su infarto…
Y de repente tuve una extraña sensación. Me sentí olvidado o quizás más bien abandonado. Allí, entre nosotros faltaba algo. No era algo nuevo, si no que simplemente lo habíamos dejado irse mucho antes. Un escalofrío que nada tenía que ver con el té cruzó por mi nuca. Rápidamente me erguí y conté a aquella manada de viejos. “Siete y ocho, conmigo nueve y si estuviese, con Manitú diez”. .. estaba bien , pero…
- ¿Quién falta?-pregunté.
- Nadie, estamos todos- dijo alguien. Todos miraban furtivamente a Hera
- ¿No os dais cuenta? Quizás no lo vemos desde tiempos de la Universidad. ¡Vamos! ¿Es que nadie se acuerda de Téutates?
Todos aquellos ojos lechosos se dirigieron hacia mí. Y por encima de esos ojos, las cejas se curvaban interrogantes, como uno de esos mezquinos e insidiosos “¿qué?”, que nunca se pronuncian bien y de los que sólo se conserva la vocal, con un acento bobo, lleno de ignorancia y brutalidad, casi insultante.
Los rayos estaban a punto de irrumpir a través de los orificios que suelen confundirse con el color de mi iris, en dirección a todos ellos. Mi boca iba a llenarse truenos que rasgasen cada senil tímpano cuando, en el último instante, en cada uno de los ojos que, apagados me observaban lució un destello de comprensión que invadiría toda su cara.
Cada uno de aquellos rostros, arrugados y gastados, se llenó de luz, incluso a Nubero pareció despejársele la frente. No hacía falta que dijesen nada, los recuerdos se percibían por cada poro de su piel…
¡Cuánta admiración! ¡Cuánto amor! ¡Cuánta tristeza! ¡Cuánto abandono! Sobre la mesa flotaban sus palabras. Fijándose uno bien, aún podían verse las tormentas que desataba nuestro Téutates.
Pululaban sobre aquella mesa su relampagueante cólera ante nuestra inactividad, mediocre, inconformista. También estaban las carcajadas que, muy de tarde en tarde, se le arrancaban con esfuerzos imposibles.
Cada una de nuestras vidas se hallaba enlazada a él. De algún modo, en la historia de la que éramos protagonistas, él era un capítulo indispensable, que se negaba a darse por terminado.
Despertó él el ánimo a Loki cuando le faltó su casi eterna sonrisa. También dicen que se llevó por un tiempo la oscuridad de la frente de Nubero para que le hiciese sombra a otro. Incluso consiguió reunir a Hefestos y Afrodita y más tarde, lo que fue más difícil, los mantuvo unidos. Despertó también la luz de Jana en más de una ocasión y consiguió que su parte oscura se quedase cada día en casa.
Mantuvo siempre a todos en su puño, pero sólo nos protegió. Todos y cada uno le debíamos algo, un poco de apoyo, un par de ideas, tres miradas, cinco palabras y su eterna amistad…Él era nuestros ojos… al menos nos hacía ver. Era el motor de nuestro estancado grupo.
Y ahora ¿qué? Quedábamos en la más decrepita vejez (literal y metafórica), más gastados e inútiles que nunca, alejados de la mano de Téutates, abandonados a la deriva, en un océano de piélagos amargos y océanos muertos.
¿Cuándo se había ido? Era como se hubiese estado sentado a mi lado hacía dos miutos antes. No podía “hacer mucho tiempo”. Ya tampoco estaba Manitú, ya nadie nos alumbra. Creo recordar, de alguna manera, a Téutates y Hera abrazados en ese silencio que, para bien o para mal, lo otorga todo. Si embargo algo dentro de mí me dice que Téutates desapareció mucho antes…
Algo por el estilo pasaba por el resto de las seniles cabezas. Veía sonrisas y movimientos de manos, y labios siseantes, también alguna lágrima… pero todos recuerdos que, aunque se perdiesen, como era probable, en los siguientes dos minutos, eran lo más estable y valioso que teníamos.
Hubiese querido saber que pensaba Isis, tenía una extraña expresión, mezcla de tensión y tristeza, atravesándola la frente de un lado a otro.
Intentamos averiguar algo de él. Fue estúpido, sin recordar un apellido. Buscamos en los rincones de nuestras casas. Revisamos cientos de fotos. Siempre faltábamos dos. Yo era el fóbico fotógrafo y al parecer él siempre se negó a ser fotografiado. ¡Dios! Ni siquiera recordábamos como era. Bueno, algo oscuro…
Los que escribían diarios y ponían nombres a la gente (no es mi caso) encontraban su nombre en cada página. Aparecían de nuevo aquellos recuerdos, sin la distorsión del tiempo, pero con la de las palabras.
Preguntamos a la gente, a nuestros conocidos de siempre. Todos recordaban a Téutates… muy vagamente. Y todos habían querido saber de él. “¡Hace tanto tiempo!”, “¿Cuánto?” preguntábamos, “No sé, mucho”.
Y al cabo de quizás no mucho tiempo, con no pocos quebraderos de cabeza y alguna que otra lágrima vertida sobre el alma, nos dimos finalmente por vencidos.
Volvimos a nuestra gastada rutina. Sentamos nuestros huesos en las sillas de siempre, nos cegamos con las mismas prisas de siempre. Loki continuó con sus risas crónicas. Baco con su monumental relajación, Nubero con sus tormentos, Jana con su ambigüedad, Hera deshojando servilleteros, e Isis con su magnética mirada de toda la vida. Con respecto a mí, el té cada vez me sabía a menos y me parecía que tenía menos fuerza.
Y todo siguió igual hasta un día casual. La voz de Isis, al teléfono, supongo que al igual que la de todo el mundo, sonaba extraña, esta vez era especialmente extraña. Sus palabras lo fueron aún más:
- Encontré a Téutates. Ven a casa.- Y colgó.
Me recibió con sus ojos brillantes y sin el beso en mi mejilla que yo esperaba. Dijo:
- Mira.- Y me acercó un libro gastado y viejo, como yo, que también crujía al abrir la tapa. Decía así: “El cuento de la nieve, el pastizal eterno y la soledad. Una historia de Thor Cruejhuesos”.
- Sí, creo recordar que es mío. Lo escribí hace mucho y no creo que nadie, salvo tú, lo haya leído.
- Hojéalo.- De repente, recordé algo.
- Vaya, es cierto.- Dije sin abrirlo.- Aquí está Téutates. Es el nombre de un protagonista. Pero lo saqué de alguien, sin que terminase de encajar en el personaje, sabes que siempre me pasa.
Insistió: - ¡Hojéalo!
Lo hice. Y la segunda vez cayó al suelo una vieja fotografía, con la imagen hacia el suelo. En el revés decía: “ISIS Y TÉUTATES”. Debía ser en blanco y negro, bastante amarilla ahora. Allí estaban, tumbados en la hierba, tumbados en la hierba, empapados y sonrientes. Más atrás, las bicicletas tiradas y, por encima, la tormenta (que dice: “THORNNN… THORNNN”). Me quedé pálido, triste, quizás acongojado. Por un instante creí que nunca podría volver a hablar. Isis se abrazó a mí desde mi espalda, apartando mi cabello cariñosamente para poder ver la fotografía.

De nuevo, como aquel día delante del espejo, tenía nuestros rostros ante mí y, como aquel día le dije a Isis:
- ¿De verdad somos nosotros?, ¿En qué nos hemos convertido?
- No sé lo que soy yo.- Respondió. Se apretó más fuerte contra mis huesos.- Pero tú no eres ni más ni menos que lo que has hecho de ti mismo.
Y tuvo toda la razón del mundo.